Cine franquista

Características del cine franquista.


a) Cine en el primer franquismo.

           
        Este período del franquismo puede ser estudiado como una sucesión de diversas etapas diferenciadas, aunque con algunos elementos comunes y permanentes. No pretendemos hacer un repaso de la Historia del cine durante el franquismo, pues para eso hay muchos manuales, pero si dejar constancias de algunas de esas características mantenidas a lo largo de los casi 40 años de dictadura de Franco.
          
              Una de las principales características será la subordinación por Franco de cualquier criterio ideológico o programa político a una exclusiva razón: la propia supervivencia del régimen, identificada con la de su caudillo y extrapolada a la nación en fusión de unos principios religiosos y sociales con un sabor nacionalista y ultraconservador.
           
              Los poderes públicos anteriores a la dictadura nunca habían definido una auténtica política cinematográfica, de tal manera que la voluntad intervencionista del nuevo régimen franquista iba a instaurarla, siempre al servicio del sistema de intereses que estructuraba al nuevo régimen, sometiendo las actividades cinematográficas sobre todo a dos formas de control: la represión y la protección.
        
              El conjunto de la política cinematográfica franquista iba a ser desempeñado por un complejo entramado de organismos estatales, cuyas modificaciones y transformaciones correspondían a los cambios de la política nacional. El punto de partida fue la creación en 1937 de la Delegación de Prensa y Propaganda, dependiente del Ministerio de la Gobernación y dirigida por Dionisio Ridruejo, figura importante en los primeros años de la dictadura.
          
            Poco más tarde aparecería la Subcomisión Reguladora de Cinematografía, dependiente del Ministerio de Industria y Comercio, para pasar después a la Vicesecretaría de Educación Popular de la FET, en cuyo seno nacería la Delegación Nacional de Cinematografía y Teatro, comandado por Carlos Fernández Cuenca. Finalmente, las competencias pasarían al Ministerio de Educación Nacional. En resumen, podemos señalar que entre 1939 y 1951, el cine estuvo bajo la influencia de hasta cuatro organismos del Estado: Gobernación, Comercio e Industria, Falange y Educación Nacional


Mecanismos de control

           
             De entro todos los mecanismos de control, el más evidente fue la censura directa, aunque resultaría mucho más decisiva la normativa sobre el doblaje obligatorio en el proyecto global de subordinación de la industria cinematográfica a las necesidades del régimen. La censura cinematográfica apareció en el bando franquista de forma natural e inmediata, en el mismo del levanto armado y se mantuvo durante largo tiempo dependiendo de los poderes militares locales o regionales. No fue hasta muy entrada el conflicto cuando se organizó la Junta Superior de Censura Cinematográfica, con jurisdicción nacional, creándose al tiempo la Comisión de Censura Cinematográfica.
           
                 Entre las atribuciones tomadas por estos organismos por estos organismos cabe recordar que se incluía la supervisión de los guiones de aquellos films nacionales que pretendían rodarse, la concesión de los preceptivos permisos de rodaje y las licencias de exhibición de los films españoles y extranjeros que se proyectaban en el territorio nacional, con la posibilidad de impedirla por completo o de sugerir las diversas modificaciones que se estimasen requeribles, así como la calificación de los films en relación a las diversas edades del público.
         
              Las prohibiciones o manipulaciones de los films extranjeros dependían tanto de motivaciones políticas como morales; así como las primeras dependían del transcurso de la II Guerra Mundial, para luego afectar a cualquier revisionismo antifascista o cualquier asomo de realismo y compromiso que pudiera inducir sugerencias comunistas o de muy marcado carácter liberales.


Mecanismo de protección.

          
                    Junto a estas medidas represivas creadas por el franquismo, se alimentaban determinadas medidas proteccionistas que ofrecían la vertiente paternalista del régimen, complementarias a las debilidades inducidas por aquéllas.
            
                   La pieza maestra de ese sistema de protección era la concesión de licencias de doblaje a cambio de la producción de cine nacional bajo las condiciones de “producir películas íntegramente nacionales y de una categoría decorosa”. El entramado proteccionista se veía ampliado al ámbito de la exhibición con la tradicional instauración de la cuota de pantalla con el establecimiento de la obligación de proyectar un porcentaje de cine nacional a lo largo de cierto período de tiempo.
            
                   Al mismo tiempo se instauraba la postura de que cualquier film español que superase la semana inicial de exhibición no se viese recompensado con la acumulación de los días excedentes a favor de una posterior película extranjera, de tal manera que lo que en un principio suponía un apoyo al cine español se convertía en su limitación, ya que ningún exhibidor tenía alicientes para sostener una película nacional en cartel más allá de su semana obligada.
       
                     Finalmente, se estipulo otra vía de gratificación a la producción nacional consistente en la concesión de diferentes premios nacionales, entre los que prevalecían los concedidos de diferentes por el Sindicato Nacional del Espectáculo.
          
                    Todas esta mediadas incidían sobre el producto acabado y partían de la realidad de las películas nacionales terminadas. Sin embargo, para llegar hasta ahí era también necesario impulsar su existencia en el origen, apoyar que los proyectos y guiones pudieran llegar a producirse. El mecanismo era el llamado crédito sindical.
          
                      Siguiendo con las características del cine franquista, un aspecto obsesivo para la crítica de la época es el problema de la “españolidad” del cine nacional, que en su límite llegaba a posturas de reivindicación de la racialidad hispana como sostén de nuestra cinematografía. Evidentemente, ese sentido nacional era entendido como la única vía válida hacia la internacionalización de la producción española y como la adecuada respuesta a la ocasión que presentaba el supuesto borrón y cuenta nueva inherente al fin de la Guerra Civil. Por una vía u otra, tanto por la tópica y típica españolada populista o por el falso cosmopolitismo, lo cierto es que el cine español aparecía siempre distanciado de una realidad como la de la postguerra. La cuestión básica radica en identificar el elemento impulsor de esa voluntad de hurtar la realidad de los films españoles, de construir una imagen tópica y falsa desde varias dimensiones: mixtificaciones históricas, selección sesgada del patrimonio literario, reafirmación de los estereotipos nacionales,…
          
                 En definitiva, un cine de géneros de tópicos que las más de las veces se superpusieron sobre cualquier voluntad de autoría, sin por ello saber articularse sobre bases industriales firmes. Todas estas medidas proteccionistas recaían sobre una industria acomodada al modelos instaurados en las postguerra, de forma que en vez de asumir el tímido reto de potenciación de la calidad, donde siempre predominaba la doctrina del beneficio inmediato y no de la inversión a largo o medio plazo.


b) Cine en la época del desarrollismo.

           
                    La renovación a comienzos de los cincuenta fue más allá del simple relevo en las filas industriales tras los nuevos planes del gobierno., al menos en pequeños sectores, en especial en la disidencia cinematográfica y con la llegada de García Escudero a la Dirección Nacional de Cinematografía.
           
                       En algunos de los casos de la disidencia, esa voluntad de cambio tenía una motivación de carácter explícitamente político, personificado en las personas de Juan Antonio Bardem, Ricardo Muñoz o Eduardo Ducay, todos ellos vinculados al PCE. Otros, como Luis García Berlanga, nunca tuvieron ninguna adscripción política, pero también luchó en contra de las políticas del régimen.
Las opciones regeneracionistas del cine y la sociedad española se articularon por dos vías desiguales: una pequeña serie de films como alternativa al cine predominante y una intensa labor desde las tribunas escritas. No cabe duda que esa voluntad de reinventar un cine español diferente del establecido se movía por territorio del posibilismo y caía fácilmente en el peligro de la recuperación desde el régimen. De hecho, la política cultural de los primeros años 50 ya había planteado una inflexión en el sentido de abrirse a ciertas ideas innovadoras aunque con apariencia de inocuidad política.
            
                   La culminación de esta disidencia cinematográfica va a tener lugar en las Conversaciones Cinematográficas de Salamanca. La nómina de participantes fue amplia, puesto que incluyó a buena parte de las tendencias que se movían alrededor de la actividad cinematográfica en aquellos años, desde militantes clandestinos del PCE hasta falangistas no acomodados al franquismo. Pese a todo, las repercusiones fílmicas de la disidencia cinematográfica fueron escasas por su doble crítica respecto a determinados aspectos de la sociedad española y de la propia industria cinematográfica.
          
                    Para acabar con las características generales del cine franquista, hay que resaltar la figura de José María García Escudero. El año es que se constituye el sexto gobierno franquista, 1962, Manuel Fraga es erigido como Ministro de Información y Turismo. Fraga, hombre de carácter reformista dentro del régimen, elige a García Escudero como director de la Dirección General de Cine y Teatro. Es una época donde la sociedad española ha cambiado gracias al Plan de Desarrollo Económico de 1963 y con el boom del turismo. Con esta apertura, al cine se le encomendó el papel de demostrar que en España había nuevos cambios de aires. La década de los sesenta fue en España una época de discreta esperanza. Si bien es cierto que en las filas de la oposición clandestina no se hizo ilusiones sobre la posible democratización del régimen, tampoco esto se pesó en el seno de las filas franquistas por mucho aperturismo que hubiera.
            
                     Volviendo a la figura de García Escudero, éste era un hombre que provenía de las filas del catolicismo, su adscripción ideológica estaba clara, pero al mismo tiempo había demostrado una independencia de criterios y una aptitud para el diálogo mayor que el común denominador de los servidores del estado de su época. También contaba con la simpatía de algunos miembros de la oposición cinematográfica. Era sin duda, un hombre importante para las reformas del nuevo gobierno.
           
                      A parte de intentar controlar a la censura, García Escudero intentó aplicar una política de dos direcciones, una industria y otra cultural, y desde el primer momento hubo de enfrentarse a las reticencias de sectores de una industria acostumbrada a subsistir con las subvenciones y a aprovecharse de las medidas de protección. De esta lucha, García Escudero saldría perdiendo, pues fue destituido cinco años después.
           
             Sin lugar a dudas, la operación reformista llevada a cabo por él fracasó por el recrudecimiento de la oposición al régimen y por el temor de los sectores más conservadores del aparato del Estado, cuya única respuesta consistió en un recrudecimiento opresor. García Escudero perdió la batalla antes sus críticos por dos problemas generados por las películas de sus protegidos: nunca llegaron a interesar a un público mínimamente amplio y no convencieron a las críticas internacionales ni en los festivales, su razón de ser.
         
                     De todas formas, a partir de García Escudero, y sobre todo tras las rémoras que sus medidas dejarían para el futuro, la industria española se hace virtualmente inexistente, si por industria entendemos como la inversión continuada, búsqueda de la rentabilidad a través de la explotación de un producto en su relación con el comprador y una mínima planificación de futuro. El edificio que el director quiso establecer no se retomará hasta finales del franquismo y sobre todo con la muerte del dictador diez años después, en 1975.

                   



                             En La fiel infantería (1960) narra como una patrulla del ejército nacional combate en el frente de Aragón consiguen permiso para regresar a una cuidad de Castilla, pero tiene que regresar al frente para tomar unas posiciones claves, muriendo casi la totalidad de los soldados. Lo más llamativo es que durante toda la película el soldado republicano no sale, es un enemigo casi inexistente, los enemigos aparecen como inofensivos durante prácticamente todo el film. Por tanto, el temido ejército rojo ha desaparecido, es un enemigo casi abstracto, casi imaginados. Como curiosidad, La fiel infantería fue la primera película de la Guerra Civil española estrenada en el extranjero tras la II Guerra Mundial.


                              Quizás la película que mejor retrate este momento del soldado republicano sea Rojo y Negro, de César Arévalo (1945). Para el director, el personaje puro, limpio, hermoso y valiente es la chica, que representa a España, que es violada y humillada por un soldado republicano, un salvaje, oscuro y no-español. La imagen de la violación queda grabada con una violación de los rojos hacia la España verdadera, y por tanto, había que eliminarlo de la faz de la tierra, o por lo menos, del suelo español. De todas formas, entre 1943 y 1949, el cine español cambia radicalmente debido a la situación del contexto internacional, donde el bando del eje había perdido la II Guerra Mundial y España tuvo que virar hacia los aliados. Durante este período, el retrato del soldado republicano es muy ambiguo: por un lado se muestra como un soldado cruel e indisciplinado, pero por otro lado es un borracho y maleducado y revanchista, pero que en cierta manera es visto arrastrado por las circunstancias, aunque se no justificaba su actitud antiespañola. Lo que si queda claro es que el enemigo ha sido vencido, eliminado, y que hay que luchar para que no vuelva a resurgir.

                             El autor propone como película tipo Ronda Española, pero prefiero Balarrasa.  Balarrasa (1950) de José Antonio Nieves Conde, falangista, es el director y en ella refleja la imagen del soldado beato, que se transforma y busca el enemigo por el que redimir la culpa y este es el comunista ateo. La Iglesia busca el arrepentimiento republicano y quiere dar la imagen del soldado que se arrepiente de “sus locuras realizadas durante la Guerra Civil”.

           
                            También refleja este nuevo rol del soldado republicano. Es una película de Ladislao Vadja, realizada en 1957.  La imagen va a ser la del soldado arrepentido, que se vuelve a cristianismo y retorna a la España verdadera, es una suerte de hijo pródigo. Pero el director no avisa: el soldado puede reconvertirse, pero también puede engañar y seguir siendo fiel a la república y al ateísmo comunista y esta imagen dicotómica del soldado será la dialéctica de esta etapa del cine franquista.

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